Cada año, el Istmo de Tehuantepec se viste de fiesta. Cada pueblo, municipio, agencia o ciudad encuentra un momento para celebrar a su santo patrono y, con él, una parte de su historia y de sus tradiciones.

Aquellos años fueron claves para descubrir desde adentro la importancia de estas celebraciones, pero, sobre todo, para bañarme de música istmeña. Porque aunque no todos los grupos cantaran en zapoteco, todos formaban parte de aquellas raíces musicales del Istmo que acompañaron mi infancia.

Aún recuerdo aquel viejo tocadiscos que teníamos en nuestra casa de Lagunas, Oaxaca, en la Colonia Progreso, dentro de aquel pueblo cementero de la Cruz Azul.

Por ese tocadiscos pasaban todo tipo de vinilos, verdaderos clásicos que terminarían marcando profundamente mi historia.

Y cuando un vinilo sonaba, sonaba a todo volumen.

No solo eso. Cuando la música comenzaba a tomar fuerza, los pasos salían automáticamente. Quiero decir que bailábamos sin pensarlo, hasta perder la última gota de sudor.

Ahí, alrededor de aquel viejo tocadiscos, escuchábamos a La Raza, del maestro Leonel López Cartas, Roy Luis y su orquesta de Unión Hidalgo, Oaxaca, El Negro Laido y su combo de Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca; poco tiempo después, y ya en otros formatos, llegaría el grupo Skandalo Show, de Matías Romero; el Grupo Dinastía, de Mogoñe, Oaxaca; Súper Grupo Juárez, de El Espinal, Oaxaca; Omar Osorio y su Orquesta, de Santa María Mixtequilla, Oaxaca, y tantos otros clásicos que terminaron marcándome para toda la vida.

¡Za!!! ¡Za!!! ¡Za!!! ¡Sale calor!!! Nanixhe mi gente… Nanixhe

En muchas de aquellas canciones aparecía de pronto un refrán, una expresión o alguna frase en zapoteco.

En aquella época, para mí, aquello no tenía la importancia que tiene hoy.

Simplemente estaba ahí.

Formaba parte de la música, de las fiestas, de las conversaciones de los adultos, de los pueblos que recorríamos y de la vida cotidiana del Istmo.

Hoy lo entiendo de otra manera.

Hoy homenajeo esas palabras porque comprendo que también eran parte de un sello que uno lleva profundamente dentro y que, por más lejos que la vida pueda llevarnos, nunca se olvida.

La música que cuenta al Istmo

La música istmeña no solamente invita a bailar. También habla de las vivencias reales de sus habitantes o simplemente cuenta historias llenas de color que hacen que su sabor musical se contagie en cuestión de segundos.

Imagínese por un momento estar en una vela tradicional.

Frente a usted aparecen las mujeres del pueblo vestidas con sus tradicionales huipiles y enaguas, adornadas con cadenas, aretes y pulseras de oro. Algunas llevan sobre la cabeza el jicalpextle, convertido en símbolo de celebración, abundancia y generosidad.

Son imágenes que marcaron mi vida y que, a pesar del paso de los años, continúan ancladas en lo más profundo de mi alma.

Para comprender la fuerza visual de esta indumentaria basta recordar una imagen reconocida en todo el mundo: Frida Kahlo vistió en numerosas ocasiones huipiles y trajes asociados a las mujeres del Istmo de Tehuantepec, una estética que terminaría formando parte inseparable de su propia imagen.

Los hombres también tienen su lugar en esta celebración. La imagen más sencilla es la guayabera blanca acompañada de pantalón blanco.

Pero… pero…

El traje tradicional de los hombres tampoco es cualquier cosa.

La guayabera debe corresponder a la tradición del Istmo. Los detalles cuentan. La manera de vestir cuenta. Porque, como suelen decir los paisanos, hay tradiciones que deben respetarse.

Y entonces comienza la fiesta.

El Istmo es música.

Es el estruendo de los cohetes.

Es mezcal.

Es tamal de hoja de plátano, tamal de maíz y tamal de frijol.

Es jicalpextle.

Es vela.

Es huipil.

Es enagua.

Es baile.

Es familia.

Es un tesoro inestimable.

Es una región donde la música cuenta historias y donde las tradiciones son el oro que cada paisano lleva consigo.

De aquellos vinilos a una nueva generación

Pero la música del Istmo no se quedó atrapada en aquellos viejos discos.

Siguió caminando.

Cambió de formato, encontró nuevos instrumentos, nuevas generaciones y nuevos escenarios.

Y con ella siguió viajando una lengua que, cuando yo era niño, aparecía de pronto entre las canciones que salían de aquel tocadiscos de nuestra casa: el zapoteco.

Lo que para muchos de nosotros podía parecer entonces una frase más dentro de una canción adquiere hoy otra dimensión.

Porque nuevas generaciones de músicos y cantantes han decidido colocar las lenguas del Istmo en el centro de su creación.

Ya no hablamos únicamente de las grandes agrupaciones tropicales que hicieron bailar —y continúan haciendo bailar— a generaciones enteras. Hablamos también de artistas que han encontrado en el zapoteco una extraordinaria materia para crear música contemporánea.

Ahí aparece Diidxajazz, cuyo propio nombre establece desde el principio un diálogo entre el diidxazá y el jazz. Su propuesta demuestra que una lengua ancestral no tiene por qué permanecer encerrada en el pasado: puede encontrarse con la improvisación, con nuevas armonías y con músicos jóvenes sin perder aquello que la hace única.

También está Dizá, otra de esas propuestas que permiten escuchar las sonoridades de la lengua zapoteca desde una mirada contemporánea.

A ellos se suman creadores como Víctor Robles y Miroslav Ü, artistas que, desde diferentes caminos musicales, forman parte de una generación que continúa explorando la identidad sonora del Istmo.

Y está también Natalia Cruz, cantante y creadora zapoteca cuya voz permite comprender algo esencial: cantar en una lengua originaria no significa mirar únicamente hacia atrás.

También significa crear presente.

Cada uno lo hace desde su propio universo, con estilos y sensibilidades diferentes. Y precisamente ahí está la riqueza.

No existe una sola manera de cantar al Istmo.

Como tampoco existe una sola manera de ser istmeño.

Una lengua que viaja dentro de la música

Las épocas cambiaron.

Los vinilos dejaron paso a los casetes, después llegaron los discos compactos, los archivos digitales y finalmente las plataformas musicales.

Los viejos tocadiscos fueron desapareciendo poco a poco de nuestras casas.

También cambiaron los escenarios y la manera en que las nuevas generaciones descubren una canción.

¡Za!!! ¡Za!!! ¡Za!!! ¡Sale calor!!! Nanixhe mi gente… Nanixhe

Pero hay algo que permanece.

La lengua.

Y quizá esa sea una de las capacidades más hermosas de la música: transportar una memoria de una generación a otra, incluso cuando quienes la escuchamos todavía no somos conscientes de ello.

Yo lo comprendo ahora.

Aquellas palabras en zapoteco que escuchaba cuando era niño quizá eran entonces, para mí, solamente una parte más de una canción.

Hoy significan mucho más.

Me llevan nuevamente a Lagunas.

A la Colonia Progreso.

A aquel pueblo cementero de la Cruz Azul.

A nuestro viejo tocadiscos.

A los vinilos sonando a todo volumen.

A bailar hasta sudar.

A las fiestas.

A las velas.

A las mujeres con sus huipiles y sus enaguas.

A los hombres con sus guayaberas.

A los cohetes explotando en el cielo.

Al olor de los tamales envueltos en hojas de plátano.

Al mezcal.

A las risas.

A la familia.

Me llevan nuevamente a casa.

Porque en el Istmo de Tehuantepec la música no solamente se escucha.

Se baila, se comparte, se transmite y, sobre todo, se recuerda.

¡Za!!! ¡Za!!! ¡Za!!! ¡Sale calor!!! Nanixhe mi gente… Nanixhe

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