Hay instrumentos que pertenecen a un lugar desde su nacimiento. Otros tienen que viajar para encontrarlo. La marimba pertenece, quizá, a esta segunda historia.
Su sonido no nació en el Istmo de Tehuantepec. Tampoco podemos atribuirle a Oaxaca el origen de un instrumento cuya historia atraviesa continentes, pueblos y diferentes tradiciones musicales.
Y, sin embargo, basta escuchar una marimba interpretando un son istmeño para que algo parezca contradecir esa distancia histórica.
Porque en algún momento de su largo recorrido, aquellas maderas llegaron al Istmo.
Y el Istmo terminó haciéndolas suyas.

Un instrumento viajero
La historia de la marimba es compleja y existen diferentes explicaciones sobre sus orígenes y evolución. Sus antecedentes están relacionados con instrumentos de percusión de madera presentes en África y posteriormente en América Central.
Pero para comprender su relación con Oaxaca quizá resulte más interesante seguir otra pista: los caminos por donde viajaba la gente.
Una investigación sobre las culturas musicales de Oaxaca señala que la presencia de la marimba en una amplia franja del estado estuvo relacionada con los flujos comerciales y las vías de comunicación que conectaban Chiapas con Tabasco, Veracruz y, a través del Istmo de Tehuantepec, con la ciudad de Oaxaca.
La música también viajaba.
Y con ella viajaban los instrumentos.
Poco a poco, la marimba comenzó a formar parte del paisaje musical de diferentes comunidades oaxaqueñas. En el Istmo encontró un territorio donde ya convivían bandas de viento, tríos, trovadores y otras expresiones musicales.
Pero no permaneció como una simple visitante.
Encontró su propio lugar.
Cuando la marimba comenzó a sonar istmeña
Salina Cruz, Tehuantepec, Juchitán, Matías Romero, Guichicovi y otras localidades forman parte de una extensa zona donde se documenta la presencia de la marimba y de la marimba-orquesta.
Y ahí ocurrió algo fundamental.
El instrumento se encontró con el son istmeño.
Las maderas comenzaron entonces a interpretar melodías que pertenecían a otra historia y a otra geografía. Sones, boleros, danzones y música para bailar fueron incorporándose a repertorios que acompañaron durante décadas diferentes momentos de la vida regional.
La marimba también comenzó a transformarse.
Dejó de aparecer únicamente como instrumento para convertirse, en muchos casos, en marimba-orquesta: acompañada por contrabajo —y posteriormente bajo eléctrico—, congas, batería y otros instrumentos.
De esa tradición surgieron nombres como Hermanos Angulo, Orquesta Lira San Vicente, El Güero Meño, Perla Istmeña, Hermanos Ríos y una agrupación que merece detenernos por un momento:
Roy Luis.
Sí, el mismo nombre que forma parte de tantos recuerdos musicales del Istmo.
La agrupación que posteriormente sería conocida como Roy Luis nació en 1947 como una marimba llamada Chion Lata. Con los años evolucionaría hacia un formato de orquesta, reflejando precisamente esa transformación musical que vivió la región.
La marimba había encontrado nuevas formas de hablar.




Juchitán la hizo suya
Existe una frase del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas que ayuda a comprender la dimensión que alcanzó este instrumento en la región.
Al presentar en 2012 el disco Xtiidxariuunda' binnizá, interpretado por la cantante Natalia Cruz y el marimbista Roque Robles, el INALI destacó la manera en que el pueblo juchiteco adoptó la marimba y terminó imprimiéndole su propia manera de concebir el mundo.
Roque Robles nació precisamente en Juchitán.
Natalia Cruz es originaria de Ixtaltepec.
Juntos hicieron algo aparentemente sencillo, pero profundamente simbólico: unir la voz humana con el sonido de las maderas.
El disco reúne sones y cantos tradicionales del Istmo interpretados en diidxazá, el zapoteco de la planicie costera.
La marimba acompaña entonces palabras que nacieron mucho antes de que aquel instrumento llegara a estas tierras.
Dos historias diferentes terminan encontrándose en una canción.
Y quizá ahí se encuentre una de las mejores explicaciones de lo que ocurrió con la marimba en el Istmo.
No fue necesario que naciera ahí para pertenecer.
De Tehuantepec a Europa
La historia tampoco terminó con las antiguas marimbas-orquesta.
En 2005 surgió en Tehuantepec un proyecto llamado El Rincón de la Marimba, dirigido musicalmente por el maestro Sotero Ruiz. Un año después comenzaron talleres donde niños aprendían no solamente a tocar el instrumento, sino también a repararlo.
La idea comenzó a extenderse.
Otros municipios del Istmo crearon sus propias agrupaciones infantiles.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Niños de entre diez y doce años provenientes de la Marimba Perlas y Diamantes de El Espinal llevaron aquella música mucho más lejos de las fronteras oaxaqueñas.
Estrasburgo. Ginebra. Bruselas. Frankfurt.
Las maderas que algún día habían viajado hasta el sureste mexicano emprendían ahora otro viaje, esta vez en las manos de niños istmeños que llevaban su música hasta Europa.
El instrumento viajero volvía a viajar.
Pero ahora llevaba consigo un pedazo del Istmo.
Las maderas también tienen memoria
Quizá por eso resulta difícil hablar de la marimba únicamente como un instrumento musical.
Cada una de sus teclas necesita ser golpeada para producir un sonido.
Pero detrás de ese sonido existe mucho más.
Están las manos que aprendieron a tocarla.
Los maestros que enseñaron a otros.
Los músicos que recorrieron pueblos enteros.
Las antiguas marimbas-orquesta.
Los niños que continúan aprendiendo.
Y están también las canciones en zapoteco que encontraron en aquellas maderas otra manera de hacerse escuchar.
La marimba llegó desde lejos.
Atravesó caminos, fronteras y generaciones.
No nació en Oaxaca.
No nació en el Istmo de Tehuantepec.
Pero quizá pertenecer a un lugar no siempre significa haber nacido en él.
A veces también significa llegar, quedarse y permitir que una tierra transforme para siempre tu manera de sonar.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió con la marimba.
El Istmo no la inventó.
La hizo suya.
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