Hay recuerdos que no aparecen en los libros de historia. Viven únicamente en la memoria de quienes los experimentaron. El que hoy les comparto es uno de ellos.

Corría el año de 1986. Era un fin de semana y el calor abrazaba con fuerza al Istmo de Tehuantepec. Como ocurría casi siempre, yo no me separaba de mi madre. La seguía a todas partes, como un pequeño amigo fiel que encontraba en ella protección, tranquilidad y el más profundo amor.

Aquel día viajábamos en un viejo tren con destino a Salina Cruz, Oaxaca. Sin darme cuenta, estaba a punto de vivir una escena que décadas más tarde cobraría un significado muy especial para mí.

Los vagones iban repletos de mujeres istmeñas, las famosas tecas. Vestidas con sus enaguas tradicionales, recorrían el tren ofreciendo los productos que ellas mismas elaboraban o cultivaban. Vendían frutas, totopos, quesillo, flores, pan y todo aquello que les permitiera llevar el sustento a sus familias. Muchas continuaban el viaje hasta Matías Romero y, en ocasiones, llegaban incluso a Coatzacoalcos, Veracruz, para vender toda su mercancía.

Había algo que las unía a todas.

Conversaban entre ellas en zapoteco.

Yo no entendía una sola palabra de lo que decían. Sin embargo, alcanzaba a percibir algo mucho más poderoso que el significado de aquellas conversaciones: el orgullo con el que hablaban su lengua. Reían, negociaban, contaban historias y compartían la vida en un idioma que para ellas era mucho más que una forma de comunicarse. Era la herencia de sus padres y de sus abuelos. Era una identidad que viajaba de generación en generación.

Durante el trayecto escuchaba una expresión que se repetía una y otra vez:

«Paraa cheu' pa» —«¿A dónde va?»

En aquel entonces no sabía qué significaba. Solo sabía que formaba parte del paisaje sonoro de mi infancia.

Hoy, cuarenta años después, comprendo que aquellas voces estaban protegiendo algo mucho más grande que unas simples palabras. Estaban preservando una de las lenguas indígenas más antiguas y ricas de México.

El tren hacía paradas en Matías Romero Avendaño, Lagunas —conocida por la histórica presencia de Cruz Azul—, Estación Almoloya, donde la milpa y las tradiciones siguen marcando el ritmo de la vida comunitaria; Chivela, Nizanda, La Mata, Ciudad Ixtepec, Comitancillo, Tehuantepec, Pearson y, finalmente, Salina Cruz. A lo largo de todo ese recorrido, el zapoteco se escuchaba con absoluta naturalidad en los mercados, en los andenes, en las casas y entre los viajeros.

Fue muchos años después cuando entendí que los verdaderos guardianes de esta lengua siempre han sido las familias que la hablan día tras día. Son las madres que enseñan las primeras palabras a sus hijos, las abuelas que cuentan historias antes de dormir, los comerciantes que reciben a sus clientes en zapoteco y los campesinos que siguen nombrando la tierra como lo hicieron sus antepasados.

Por las noches, aquel tren era conocido como «El Nocturno» y, durante el día, le llamábamos «El Pasajero»; el tercer tren era el de carga, al que muchos identificaban como «La Bestia», que con el paso del tiempo transportó a miles de migrantes que emprendían el largo camino hacia los Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Pocos lograban alcanzar el llamado sueño americano; algunos perdían la vida durante el trayecto, otros decidían permanecer en México y muchos continuaban su viaje con la incertidumbre de no saber qué les esperaba más adelante.

Todavía recuerdo a tres hermanos centroamericanos: Marcos, Marquitos y Marcotes. Llegaron a la casa de don Nelo, mi abuelo don Manuel Antonio Alonso, en busca de alojamiento y ayuda, en el pueblo de Estación Almoloya, Oaxaca, una comunidad que forma parte del Istmo de Tehuantepec. Permanecieron allí durante algunos meses para recuperarse antes de continuar su camino hacia el norte. Con el paso del tiempo, uno de ellos regresó únicamente para agradecerle a mi abuelo la ayuda que les había brindado. Ese gesto quedó grabado para siempre en mi memoria.

Esta y muchas otras historias me han hecho comprender que el Istmo de Tehuantepec no solo sorprende por la riqueza del zapoteco, sino también por la calidad humana de su gente. Su solidaridad, su hospitalidad y su profundo sentido de comunidad son valores que han perdurado generación tras generación.

Y quizá esa sea la mayor enseñanza que me dejó aquel viejo tren: las lenguas sobreviven gracias a las personas que las hablan, pero también gracias a los valores que transmiten.

Paraa cheu' pa…

Bienvenidos a la tierra donde el zapoteco se niega a desaparecer.

Porque el zapoteco nunca ha sido solamente una lengua. Es una forma de comprender el mundo.

Una lengua más antigua que el propio México

Mucho antes de que existiera México como nación, los pueblos zapotecas ya habían desarrollado una civilización con una profunda riqueza cultural. Sus conocimientos sobre la agricultura, la astronomía, el comercio y la organización social se transmitían de generación en generación a través de la palabra. Cada conversación era una forma de preservar la memoria colectiva.

Con el paso de los siglos llegaron nuevos desafíos. La colonización, los cambios sociales, la migración y, más recientemente, la globalización hicieron que muchas familias dejaran de enseñar el zapoteco a sus hijos. Algunos pensaban que hablar únicamente español les abriría más oportunidades. Otros simplemente temían que sus hijos fueran discriminados por expresarse en una lengua indígena.

Sin embargo, el zapoteco nunca desapareció.

Resistió en los hogares, en los mercados, en las velas istmeñas, en las bandas de viento, en las cocinas donde las recetas familiares siguen transmitiéndose de generación en generación y en cada conversación cotidiana entre vecinos que se saludan como lo hicieron sus abuelos.

No un solo zapoteco, sino muchos

Hoy sabemos que no existe un solo zapoteco. Existen numerosas variantes lingüísticas distribuidas en distintas comunidades de Oaxaca. Cada una conserva expresiones, sonidos y maneras particulares de describir el mundo. Esa diversidad no representa una división; al contrario, refleja la enorme riqueza cultural de uno de los pueblos originarios más importantes de México.

En los últimos años también ha surgido una nueva generación decidida a mantener viva esta herencia. Músicos, escritores, profesores, investigadores y jóvenes creadores han encontrado nuevas formas de compartir el zapoteco. Lo escuchamos en canciones contemporáneas, en libros, en proyectos educativos, en documentales y hasta en las redes sociales. La lengua ha demostrado que puede dialogar con la modernidad sin perder sus raíces.

Cada palabra pronunciada en zapoteco lleva consigo siglos de historia. Hablar esta lengua es nombrar nuevamente los paisajes del Istmo, recordar a los abuelos, honrar a quienes nunca dejaron de transmitirla y reconocer que la identidad también se construye a través de la voz.

¿Hacia dónde va el zapoteco?

Aquel niño que viajaba junto a su madre rumbo a Salina Cruz jamás imaginó que esas conversaciones, que entonces le parecían incomprensibles, terminarían convirtiéndose en uno de los recuerdos más valiosos de su vida.

Hoy, cada vez que regreso al Istmo y escucho el zapoteco en una plaza, en un mercado o durante una fiesta tradicional, vuelvo a sentir la misma emoción que experimenté en aquel tren.

Y entonces esa frase vuelve a resonar en mi memoria.

«Paraa cheu' pa».

Quizá hoy ya no la escucho solamente como una pregunta dirigida a los pasajeros.

También parece una pregunta dirigida a nuestra propia cultura.

¿Hacia dónde va el zapoteco?

La respuesta depende de todos aquellos que siguen hablándolo con orgullo.

Mientras exista una madre que enseñe sus primeras palabras a un hijo, una abuela que conserve los relatos de sus antepasados, un músico que decida cantar en zapoteco o un niño que escuche esa lengua con la misma curiosidad con la que yo la escuché en 1986, el zapoteco seguirá recorriendo los caminos del Istmo.

Porque las lenguas no sobreviven únicamente gracias a los libros.

Sobreviven porque continúan habitando el corazón de su gente.

Y el zapoteco, afortunadamente, sigue negándose a desaparecer.

🔊 Audio

Paraa cheu' pa…
Que nunca dejes de recorrer los caminos del Istmo.
¡Paraa cheu', zapoteco de mis amores!

La Touche | Una Mirada Positiva sobre el Mundo