El Istmo de Tehuantepec es el corazón de una de las regiones culturales más fascinantes de México. Aquí conviven pueblos zapotecos, mixes, ikoots, chontales, zoques y muchas otras comunidades que, a través de sus lenguas, sus tradiciones y su música, han construido una identidad única.
Aquí el aire huele a mar, a camarón fresco, a pescado, a mole, a totopos recién horneados, a memelas, a tlayudas, a garnachas, a quesillo tradicional, a cecina ahumada, a pan de panela y, sobre todo, al exquisito y exótico tabingüí. Los mercados despiertan entre aromas, colores y voces que cuentan historias transmitidas de generación en generación.
Pero, por encima de todo, el Istmo es música, familia y tradición.
Dondequiera que camines, es difícil no encontrarse con el sonido de una banda de viento ensayando para una vela, un grupo de marimba preparando sus mejores composiciones o un grupo de músicos tradicionales preparándose para una fiesta patronal o una celebración familiar. La música acompaña la vida cotidiana y se convierte en el lenguaje invisible que une a las comunidades.

Aquí las lenguas originarias no solo se hablan. Viven en las calles, en los mercados, en los hogares y en la memoria de sus habitantes. Y, sobre todo, también se cantan.
Es precisamente en esas canciones donde sobreviven palabras, recuerdos y formas de comprender el mundo que han viajado de generación en generación.
Porque en el Istmo de Tehuantepec, las lenguas no solo sobreviven: siguen cantando.
Bienvenidos a Matías Romero Avendaño, a Lagunas —corazón de la cementera Cruz Azul—, a El Nacedero, a Unión Hidalgo, a Nanchital, a Ajal, a La Mata, a La Ventosa, a El Espinal, a Juchitán, a Tehuantepec, a Ixtaltepec, a Ciudad Ixtepec, a Ojo de Agua, a Ollaga y a Salina Cruz, entre otras municipalidades del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca.


En el corazón del Istmo de Tehuantepec, las primeras luces del amanecer acarician las calles de Juchitán de Zaragoza. Poco a poco, el mercado despierta y se llena de vida.
Los primeros comerciantes acomodan sus productos, las puertas de los locales se abren lentamente y el murmullo de las conversaciones comienza a llenar el aire. Entre los saludos en español aparecen palabras en zapoteco que se mezclan con absoluta naturalidad. Nadie parece sorprenderse. Aquí, la lengua de los abuelos sigue formando parte de la vida cotidiana.
Aquí las lenguas indígenas no sobreviven únicamente en los libros ni en los archivos de los investigadores. Se escuchan en los mercados, en las plazas, en las casas, en las escuelas y en las fiestas. Siguen caminando junto a quienes las hablan.
Para muchos mexicanos, el Istmo representa una región de enorme riqueza cultural. Para quienes nacieron aquí, es mucho más que eso. Es un territorio donde la memoria continúa transmitiéndose de generación en generación, muchas veces a través de una canción.
Un territorio que une mucho más que dos océanos
El Istmo de Tehuantepec es la franja más estrecha de México entre el océano Pacífico y el golfo de México. Durante siglos ha sido un punto de encuentro entre pueblos, culturas y caminos comerciales.
Pero su verdadera riqueza no se mide en kilómetros.
Se mide en voces.
Nuestro recorrido comienza en Juchitán, considerado por muchos el corazón cultural del Istmo. Desde aquí se extiende una red de comunidades profundamente unidas por la historia, la lengua y las tradiciones: El Espinal, Ixtaltepec, Ciudad Ixtepec, Tehuantepec, La Ventosa, Salina Cruz y Matías Romero Avendaño, entre otras.
Cada una posee una personalidad propia.
Sin embargo, todas comparten un patrimonio que sigue vivo gracias a sus habitantes.
Cuando una lengua forma parte de la vida
En muchos lugares del mundo, las lenguas indígenas han dejado de escucharse en las calles.
En el Istmo todavía forman parte del paisaje sonoro.
El zapoteco continúa siendo una lengua de encuentro para miles de familias. A su alrededor conviven también otras lenguas originarias presentes en la región, reflejo de una diversidad cultural excepcional.
Las conversaciones cambian naturalmente del español a la lengua materna.
Los niños escuchan hablar a sus abuelos. Los padres enseñan palabras que aprendieron de generaciones anteriores.
Y aunque los desafíos son cada vez mayores, la lengua continúa encontrando espacios para mantenerse viva.
Donde la música guarda la memoria
Si las lenguas encuentran su hogar en las personas, la música les ofrece alas.
En el Istmo, una canción nunca es solamente una melodía.
Es memoria.
Es identidad.
Es pertenencia.
Las bandas de viento forman parte del paisaje desde hace generaciones. Sus notas acompañan las velas, las fiestas patronales, las celebraciones familiares y los momentos más importantes de la vida comunitaria.
Hay melodías que pasan de padres a hijos casi de la misma manera que una conversación.
Sin prisa.
Sin ceremonias especiales.
Simplemente porque siempre han estado ahí.
Mientras los instrumentos comienzan a sonar, las voces recuperan palabras antiguas que quizá ya no aparecen con la misma frecuencia en otros espacios de la vida cotidiana.
Cada interpretación se convierte así en una forma de preservar una lengua.
Una identidad que también se vive en las calles
La vida del Istmo transcurre en espacios donde la comunidad sigue siendo protagonista.
Los mercados son mucho más que lugares para comprar.
Son puntos de encuentro.
Allí se conversa, se intercambian noticias, se fortalecen amistades y las lenguas circulan con la misma naturalidad que las personas.
En una cancha de béisbol, unos niños esperan su turno para batear mientras conversan entre ellos. Un poco más lejos, un balón rueda sobre una cancha de fútbol donde las indicaciones del entrenador cambian de un idioma a otro sin llamar la atención de nadie.
La identidad no aparece únicamente durante las grandes celebraciones.
También se construye en esos pequeños momentos cotidianos.

Tradición y futuro
Como muchas regiones del mundo, el Istmo también cambia.
Los jóvenes estudian fuera de sus comunidades, utilizan las redes sociales, escuchan música de distintos países y viven en contacto permanente con nuevas formas de expresión.
Lejos de representar una ruptura, muchos artistas han decidido tender un puente entre esos dos mundos.
Hoy es posible escuchar propuestas musicales que combinan las lenguas originarias con sonidos contemporáneos. El jazz, el rock, el hip-hop, la música electrónica o las fusiones con el son istmeño demuestran que una lengua no pertenece únicamente al pasado.
También puede escribir el futuro.
Esa nueva generación de músicos no solo interpreta canciones.
Defiende una manera de entender el mundo.
Un viaje que apenas comienza
Este reportaje es apenas la primera parada de un recorrido que nos llevará a conocer a quienes han decidido convertir la música en un acto de memoria.
En los próximos capítulos descubriremos artistas que cantan en zapoteco y en otras lenguas originarias del Istmo; historias familiares donde una canción vale tanto como un libro; y comunidades que demuestran que preservar una lengua no consiste únicamente en enseñarla, sino en vivirla.
Porque una lengua permanece viva cuando todavía se escucha en la voz de una madre.
Cuando un abuelo la comparte con sus nietos.
Cuando un niño la pronuncia sin miedo.
Y, sobre todo, cuando alguien decide convertirla en canción.
El Istmo de Tehuantepec nos recuerda que las lenguas no sobreviven únicamente gracias a los diccionarios o a las instituciones.
Sobreviven porque existen personas que cada día eligen seguir hablándolas.
Y cantándolas.
La Touche | Una Mirada Positiva sobre el Mundo