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Inteligencia artificial que comienza a comprender las emociones humanas.

Sophie, a robot using artificial intelligence from Hanson Robotics, shares a high five with a visitor during the International Telecommunication Union (ITU) AI for Good Global Summit in Geneva on July 8, 2025. (Photo by Valentin Flauraud / AFP)

Entre la voz, las expresiones del rostro y los comportamientos digitales, una nueva generación de inteligencias artificiales intenta ahora interpretar lo que sentimos. Un avance que fascina tanto como inquieta.

Cuando Thomas contactó con el servicio al cliente de su proveedor de Internet, no esperaba vivir una experiencia particular. Como mucha gente, solo deseaba resolver un problema técnico. Pero, tras unos minutos de conversación, apareció un mensaje en la pantalla.

«Detectamos cierta frustración. ¿Desea que lo transfiramos a un asesor especializado?»

Thomas se detuvo unos segundos. ¿Cómo podía saber el sistema que estaba frustrado? La respuesta está en una tecnología que evoluciona rápidamente desde hace varios años: la inteligencia artificial emocional. Es decir, sistemas capaces de analizar ciertos indicios humanos para intentar comprender el estado emocional de una persona.

Una máquina que observa más de lo que comprende

Contrariamente a lo que podría pensarse, las inteligencias artificiales no sienten ninguna emoción. No están alegres, ni tristes, ni preocupadas. Simplemente analizan datos. Muchos datos: el tono de la voz, el ritmo de las frases, los silencios, las expresiones faciales, los movimientos de los ojos o incluso las palabras elegidas en una conversación.

Al combinar esta información, algunos sistemas pueden hoy detectar señales asociadas a emociones como la alegría, la ira, el estrés o el cansancio. El objetivo no es leer los pensamientos, sino reconocer tendencias de comportamiento. Esta disciplina, llamada computación afectiva (affective computing), no tiene en realidad nada de nuevo: nació en los años 1990, en el cruce del procesamiento automático del lenguaje, la psicología y las ciencias del comportamiento. Lo que ha cambiado es la potencia de cálculo y la cantidad de sensores que nos rodean.

Una tecnología ya presente en nuestro día a día

Sin saberlo siempre, muchas personas ya utilizan herramientas que integran alguna forma de análisis emocional. Ciertas aplicaciones de salud mental adaptan sus recomendaciones según el lenguaje empleado por el usuario. Algunos centros de llamadas recurren a programas capaces de evaluar el nivel de satisfacción o de frustración durante una conversación. Y ciertas plataformas educativas experimentan incluso con sistemas pensados para detectar los momentos en que un estudiante pierde la atención o tiene dificultades.

La tecnología sigue siendo imperfecta — las emociones humanas rara vez son tan nítidas como una etiqueta da a entender — pero avanza rápido, y las sumas en juego son considerables.

Algunas referencias

Años 1990 nacimiento de la computación afectiva como campo de investigación
3 → 7 mil M$ US crecimiento estimado del mercado de la IA emocional en cinco años (a partir de 2024)
Feb. 2025 la UE prohíbe el reconocimiento de emociones en el trabajo y en la escuela (AI Act)
35 M€ / 7 % multa máxima prevista por el reglamento europeo (o el 7 % de la facturación mundial)

Cuando la salud se interesa por las emociones digitales

Uno de los ámbitos donde esta evolución despierta más interés es el de la salud. Algunos investigadores trabajan actualmente en herramientas capaces de identificar signos precoces de malestar psicológico a partir de la voz o de los hábitos digitales. Ciertos estudios exploran incluso la posibilidad de detectar cambios emocionales antes de que la propia persona se dé cuenta de que atraviesa una etapa difícil.

Para los profesionales de la salud, estas herramientas podrían convertirse en un complemento valioso. No para reemplazar el diagnóstico humano, sino para ofrecer un sistema de alerta adicional.

Las emociones representan probablemente uno de los datos más personales que un individuo puede compartir. Falta saber quién los recoge — y qué hace con ellos.

Una frontera que plantea preguntas

Esta evolución entusiasma tanto como inquieta. Porque si una inteligencia artificial puede reconocer ciertas emociones, ¿qué ocurre con esa información? ¿Quién tiene acceso a ella? ¿Cómo se utiliza? Un mal uso podría tener consecuencias importantes, desde la manipulación comercial hasta la vigilancia en el trabajo.

Varias jurisdicciones han empezado a trazar límites. Es el caso de la Unión Europea, cuyo reglamento sobre la inteligencia artificial aborda estos usos de frente.

Lo que dice la ley europea

Desde el 2 de febrero de 2025, el AI Act europeo prohíbe el uso de sistemas de IA destinados a deducir las emociones de las personas en el lugar de trabajo y en los centros educativos, salvo por razones médicas o de seguridad. El reconocimiento de emociones figura entre las prácticas consideradas de «riesgo inaceptable», y las sanciones pueden alcanzar los 35 millones de euros o el 7 % de la facturación mundial de una empresa.

En otras partes del mundo, incluido Canadá, el debate sobre la regulación de estas tecnologías sigue en curso. Pero una idea va abriéndose paso: nuestras emociones merecen al menos tanta protección como nuestros datos más sensibles.

Comprender no es sentir

A pesar de los avances espectaculares de la inteligencia artificial, los investigadores recuerdan una distinción esencial: reconocer una emoción no es sentirla. Una máquina puede detectar que una persona parece triste. No sabe lo que significa estar triste. No conoce ni la experiencia humana, ni los recuerdos, ni los matices que se esconden detrás de cada emoción.

Y es probablemente ahí donde aún se sitúa la mayor diferencia entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana.

Una revolución discreta que apenas comienza

Hace algunos años, las inteligencias artificiales aprendían sobre todo a reconocer objetos o a traducir textos. Hoy intentan interpretar algo mucho más complejo: nuestras emociones. Nadie sabe exactamente hasta dónde llegará esta tecnología en los próximos años.

Pero una cosa parece segura: el futuro de la inteligencia artificial ya no consistirá únicamente en comprender lo que escribimos o lo que decimos. Consistirá también en intentar comprender lo que sentimos.

Queda una pregunta: ¿de verdad queremos que las máquinas nos lean hasta ese punto?

Para reflexionar

La próxima vez que una pantalla le diga que «comprende» cómo se siente, recuerde: observa señales, no comparte su vivencia. Y quizás sea mejor así. Y usted, ¿qué opina?

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